21 de septiembre de 2014

Kintsugi. Coleccionista de cicatrices.


Un resbalón.
Vuelo lento que dura fracciones de segundo.
¡Crack!
En mil pedazos.
Una taza rota sigue siendo una taza: rota, pero taza.
Lo mismo puede decirse de ti. Lo mismo puede decirse de mí. Dura pero frágil.


Me agacho y recojo con cuidado los pedazos que yacen desparramados por el suelo. Si vienes a ayudarme serás
bienvenida, pero ten mucho cuidado, protégete de mí: las aristas más afiladas de los trozos en los que me he roto pueden
cortarte los dedos. Primero recojo los pedazos más grandes. Luego, los cachitos pequeños, las escamas de piel. El polvo,
lo dejo. Probablemente me faltará algún pedazo que habrá ido a parar detrás del armario o se habrá camuflado en la
junta entre dos baldosas.

Examino cada pieza. Observo las formas y las coloco sobre la mesa ordenadas según la posición que ocupaba cada una
de ellas en la figura completa de lo que solía ser yo. Con mucho cuidado, aplico una fina capa de resina de árbol en las
aristas de cada pedazo y las junto de dos en dos asegurándome de que quedan bien encajadas y al ras, y que no sobresale
ningún pegote de pegamento. Las dejo secar todas las horas que hagan falta. Poco a poco y respetando largos tiempos de
secado y de reposo, las voy juntando hasta haberlas colocado todas: mírame, ya casi parezco yo otra vez. Si queda algún
hueco vacío, lo relleno de resina.

Cuando la figura está recompuesta, con un pincel fino perfilo las líneas quebradas de las cicatrices con más barniz y las
espolvoreo con polvo de oro, o celebro las grietas subrayándolas de brillo. Retiro el oro sobrante. Ya estoy.


El resultado final es una versión más fuerte y más hermosa de mí misma en la que las cicatrices constituyen las
zonas más valiosas y menos frágiles. No me balancearé sobre aristas resbaladizas para caerme intencionadamente,
pero cuando accidentalmente vuelva a tropezar y caiga, probablemente la fractura recorrerá la piel por donde nunca antes se
había roto. En ese momento, volveré a empezar todo el proceso para recomponerme por enésima vez. Colecciono cicatrices.






























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